Los Ángeles Custodios y la serpiente—Nino di Gallura—Currado Malaspina.
Era ya la hora que vuelve atrás el anhelo de los que navegan por el mar, y ablanda el corazón el día en que han dicho adiós a sus dulces amigos, y el nuevo peregrino se penetra de amor, si oye desde lejos una campana que parece plañir por el día que muere, cuando comencé a hacer inútil mi oído, y a mirar a una de las almas erguida, que pedía atención con la mano.
Juntó y alzó hacia lo alto ambas sus palmas, fijando los ojos en el oriente, como si dijera a Dios: «De lo demás no me importa». Te lucis ante salió con tanta devoción de su boca, y con notas tan dulces, que me hizo salir de mi propio pensamiento. Y luego los demás, dulce y devotamente, lo acompañaron por todo el himno entero, teniendo los ojos en las ruedas supernales.
Aquí, Lector, clava bien los ojos en la verdad, pues ahora es en verdad tan sutil el velo, que pasar por dentro es ciertamente fácil. Vi a aquella hueste de los bien nacidos después mirar hacia arriba en silencio, como a la espera, pálidos y humildes; y desde lo alto salir y descender abajo, vi a dos Ángeles con dos espadas de fuego, truncadas y privadas de sus puntas. Verdes como las hojitas recién nacidas eran sus ropas, que, por sus verdes plumas agitadas y sopladas, arrastraban detrás. Uno vino a tomar su puesto justo sobre nosotros, y otro descendió a la orilla opuesta, de modo que la gente quedó contenida entre ellos. Claramente distinguí en ellos la cabeza rubia; mas en sus rostros el ojo estaba desconcertado, como facultad turbada por exceso.