el último barrio para el que corre en vuestro juego anual. Basta de mis mayores oír esto; mas quiénes fueron y de dónde vinieron, el silencio es más prudente que el habla. Todos aquellos que en aquel tiempo había entre Marte y el Bautista, aptos para llevar armas, eran la quinta parte de los que hoy viven; pero la comunidad, que ahora está mezclada con Campi, Certaldo y Figline, pura se veía en el más humilde artesano. ¡Oh, cuánto mejor sería tener por vecinos a la gente de que hablo, y en Galluzzo y en Trespiano tener vuestro conforte, que tenerlos en la ciudad y soportar la peste del villano de Aguglione, y el de Signa que ya tiene los ojos agudos para el engaño! Si la gente que más degenera en el mundo no hubiera sido madrastra con César, sino benigna madre cual con su hijo, algunos que se vuelven florentinos, negocian y descuentan, se habrían vuelto a Simifonte allí donde sus abuelos andaban mendigando. En Montemurlo estarían aún los Condes, los Cerchi en la parroquia de Acone, tal vez en Valdigrieve los Buondelmonti. Siempre la mezcla de las gentes ha sido la fuente de mal en las ciudades, como en el cuerpo la comida que lo rebosa; y un toro ciego se precipita más de cabeza que un cordero ciego; y muy a menudo corta mejor y más una sola espada que cinco. Si miras a Luni y a Urbisaglia, cómo han pasado y cómo están pasando Chiusi y Sinigaglia tras ellas, oír cómo las estirpes se consumen no te parecerá cosa nueva ni dura, visto que incluso las ciudades tienen fin. Todas vuestras cosas tienen su mortalidad, igual que vosotros; mas en algunas se oculta, pues duran mucho tiempo y las vidas son cortas; y como el girar del cielo lunar cubre y desvela las orillas sin cesar, del mismo modo hace la fortuna con Florencia. Por tanto, no debe parecer cosa maravillosa lo que diré de los grandes florentinos cuya fama está oculta en el Pasado. Vi a los Ughi, vi a los Catellini, Filippi, Greci, Ormanni y Alberichi, ilustres ciudadanos aun en su caída; y vi, tan poderosos como antiguos, con el de la Sannella al de el Arca, y Soldanier, Ardinghi y Bostichi. Cerca de la puerta que está hoy
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Canto XVI
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