así, tajando el denso y sombrío aire, acercándome más y más al borde, mi error huyó y me asaltó el espanto; pues como en sus murallas circulares Montereggione de torres se corona, así el margen que circunda el pozo con la mitad de su cuerpo amenazaba a los horribles gigantes, a quienes Júpiter aún amenaza desde el cielo cuando truena. Y ya yo le veía a uno el rostro, los hombros, el pecho y gran parte del vientre, y por los costados ambos brazos.
Por cierto, la Naturaleza, cuando dejó de hacer animales como estos, obró muy bien en verdad, al quitar tales ejecutores a Marte; y si de los elefantes y de las ballenas no se arrepiente, quienquiera que lo mire con sutileza la tendrá por más justa y más prudente a causa de ello; pues donde el argumento del intelecto se añade a la mala voluntad y al poder, ningún baluarte puede levantar el pueblo contra ello.
Su rostro se me antojó tan largo y ancho como la piña de San Pedro en Roma, y en proporción lo eran los demás huesos; de modo que la orilla, que era un peto desde la mitad, mostraba tanto de él por encima, que para alcanzar sus cabellos tres frisones en vano se habrían jactado; pues yo le vi treinta grandes palmos desde el lugar donde el hombre abrocha el manto.
“Raphel mai amech izabi almi”, comenzó a vociferar la boca feroz, para la cual no convenían salmos más dulces. Y mi Guía hacia él: «¡Alma idiota, guarda tu cuerno y desahógate con él, cuando la ira u otra pasión te toque! Busca alrededor de tu cuello y hallarás la correa que lo sujeta, ¡oh alma confidencia!, y mírala, donde oprime tu gran pecho». Luego me dijo: «Él se acusa a sí mismo; este es Nemrod, por cuyo mal pensamiento no se usa aún una sola lengua en el mundo. Dejémoslo aquí