para que veas mejor lo que bosquejo, extenderé mi mano para darle color. Ya el mundo estaba por todas partes preñado de la verdadera fe, diseminada por los mensajeros del reino eterno; y tu aserción, dicha más arriba, con los nuevos predicadores concordaba; por lo que tomé la costumbre de visitarlos. Luego se volvieron tan santos a mis ojos, que cuando Domiciano los persiguió, no sin mis lágrimas fueron sus lamentos; y todo el tiempo que en la tierra permanecí, los favorecí, y sus rectas costumbres me hicieron despreciar a todas las demás sectas. Y antes de guiar a los griegos a los ríos de Tebas, en la poesía, fui bautizado, mas por miedo fui clandestinamente cristiano, profesando el paganismo largo tiempo; y esta tibieza hizo que el cuarto círculo rodeara por más de cuatro siglos. Tú, pues, que has levantado el velo que me ocultaba todo el bien de que hablo, mientras en el ascenso tenemos tiempo que perder, dime, ¿en qué lugar está nuestro amigo Terencio, Cecilio, Plauto, Varro, si lo sabes?; dime si están condenados, y en qué calleja».
“Estos, Persio y yo, y otros muchos — respondió mi Guía—, estamos con aquel griego a quien las Musas amamantaron más que a todos los demás, en el primer círculo de la prisión ciega; muchas veces conversamos sobre el monte que tiene siempre consigo a nuestras nodrizas.
Eurípides está con nosotros, Antifón, Simónides, Agatón y otros muchos griegos que antiguamente se ciñeron la frente de laurel.
Allí pueden verse algunos de los tuyos, Antígona, Deífila y Argía, e Ismene allí está, tan triste como antaño. Allí se ve a la que señaló Langía; allí está la hija de Tiresias, y Tetis, y allí Deidamía con sus hermanas”.
Silenciosos ya estaban ambos poetas, atentos una vez más a mirar a su alrededor, liberados de la cuesta y de los muros; y cuatro siervas del día ya