El discurso de amor de Virgilio: el abad de San Zeno.
Fin a su razonamiento había puesto el alto Maestro, y atento miraba en mi rostro si contento aparecía; y yo, a quien una nueva sed aún aguijoneaba, por fuera estaba mudo, y dentro decía: «Quizá el preguntar demasiado le molesta». Pero aquel verdadero Padre, que había comprendido el tímido deseo que no se abría, hablando me dio osadía para hablar. Por lo cual yo: «Mi vista, Maestro, está avivada de tal modo en tu luz, que con claridad discierno cuanto tu discurso importa o describe. Por tanto te ruego, dulce Padre querido, que me enseñes el amor, al que tú refieres toda buena obra y su contrario». «Dirige —dijo— hacia mí las agudas miradas del intelecto, y claro te será el error de los ciegos que quieren ser guías. El alma, que es creada apta para amar, es móvil hacia todo lo que place, tan pronto como por el placer es despertada a la acción. Vuestra aprehensión de alguna cosa real extrae una imagen y en vosotros la despliega, de modo que hace que el alma se vuelva hacia ella. Y si, vuelta hacia ella, se inclina, el amor es esa inclinación; es la naturaleza, que por el placer se liga de nuevo en vosotros. Luego, así como el fuego se mueve hacia arriba por su propia forma, que a ascender ha nacido donde más tiempo dura en su materia, así el alma cautiva entra en el deseo, que es un movimiento espiritual, y jamás descansa hasta que goza de la cosa amada. Ahora puede serte patente cuán oculta es la verdad para aquella gente que afirma que todo amor es en sí una cosa loable; porque su materia tal vez aparezca siempre como buena; mas no toda impresión es buena, aunque buena sea la cera».