gritando: “¡Cristo, Cristo!”, que en el juicio estarán mucho menos cerca de él que algunos que no conocieron a Cristo. Tales cristianos condenará el etíope, cuando los dos bandos sean divididos, el uno para siempre rico, el otro pobre. ¿Qué no podrán decir vuestros reyes a los persas, cuando vean abierto aquel volumen en el que están escritas todas sus vilezas? Allí se verá, entre las obras de Alberto, la que pronto pondrá la pluma en movimiento, por la cual el reino de Praga será desierto. Se verá el dolor que sobre el Sena acaricia falsificando la moneda, aquel que por el golpe de un jabalí morirá. Se verá la soberbia que causa sed, que hace al escocés y al inglés tan locos que dentro de sus fronteras no pueden estarse; se verá la vida lujosa y afeminada del de España y del de Bohemia, que nunca conoció el valor ni quiso conocerlo; se verá el Cojo de Jerusalén, su bondad representada por una I, mientras que lo contrario lo representará una m; se verá la avaricia y la cobardía de aquel que guarda la Isla del Fuego, donde Anquises terminó su larga vida; y para declarar cuán mezquino es será su registro en letras encogidas que anotarán mucho en poco espacio. Y aparecerán a todos las sucias acciones del tío y del hermano que a una nación tan famosa han deshonrado, y a dos coronas. Y el de Portugal y el de Noruega serán allí conocidos, y el de Rascia también, que vio con mal Hado la moneda de Venecia. ¡Oh feliz Hungría, si no se deja agraviar más! ¡Y Navarra la feliz, si se armase con los montes que la ciñen! Y cada uno puede creer que ya, como prenda de ello, Nicosia y Famagosta se lamentan y se airan por culpa de su bestia, que del costado de los otros no se aparta».
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Canto XIX
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