«Mientras dure la festividad del Paraíso, tanto durará nuestro amor irradiando alrededor de nosotros tal vestidura. Su brillo es proporcional al ardor, el ardor a la visión; y la visión iguala a la gracia que tiene por encima de su mérito. Cuando, gloriosa y santificada, nuestra carne sea reasumida, entonces nuestras personas serán más gratas por estar ya completas; porque crecerá todo lo que nos otorga de gracia gratuita el Sumo Bien, luz que nos capacita para mirarle; por lo que la visión debe por fuerza crecer, crecer el ardor que de ella se enciende, crecer el fulgor que de este procede. Mas así como el carbón que emite llama, y con su blancura viva la sobrepuja de modo que su propia apariencia mantiene, así esta fulguración que ahora nos circunda será superada en aspecto por la carne, que todavía hoy la tierra recubre; ni nos podrá fatigar tan gran esplendor, pues fuertes serán los órganos del cuerpo para todo lo que tenga el poder de complacernos». Tan súbito y alerta me pareció el uno y el otro coro decir Amén, que bien mostraron deseo de sus cuerpos muertos; y no solo por ellos tal vez, sino por las madres, los padres y los demás que les fueron queridos antes de convertirse en llamas eternas. ¡Y he aquí que alrededor, de igual brillo, se alzó un fulgor sobre lo que allí había, como un horizonte que se va despejando. Y así como al despuntar el anochecer empiezan por el firmamento nuevas apariencias, de modo que la vista parece real e irreal, me pareció que nuevas subsistencias comenzaban a verse, y a formar un círculo fuera de las otras dos circunferencias. ¡Oh chispa tan sincera del Espíritu Santo, cómo se volvió súbita e incandescente a mis ojos, que vencidos no la soportaron! Pero Beatriz tan bella y sonriente se me apareció, que con las otras vistas que no siguieron mi memoria debo dejarla. Luego mis ojos recobraron el poder de elevarse, y me vi trasladado a más alta salud con mi sola Dama.
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Canto XIV
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