vuelta al doliente camino; porque las heridas se nos cierran antes de que ninguno pase de nuevo ante él. Mas tú, ¿quién eres, que en el risco te abismas, quizá para posponer la pena juzgada sobre tus acusaciones?».
«Ni la muerte le ha alcanzado aún, ni la culpa lo trae»,
respondió mi Maestro, «a ser atormentado; sino para procurarle plena experiencia, a mí, que estoy muerto, me compete conducirlo aquí abajo por el Infierno, de círculo en círculo; y esto es tan verdad como que te hablo».
Más de cien había allí que le escucharon, los que en el foso se paraban a mirarme, olvidando el suplicio por la extraña maravilla.
«Dile ahora a fray Dulcino que se arme, tú que tal vez pronto verás el sol, si no quiere pronto venir aquí a seguirme, con tales provisiones que ningún apremio de nieve dé la victoria a los de Novara, lo cual no sería fácil de conseguir de otro modo».
Tras levantar un pie para irse, esta palabra me dijo Mahoma, y luego para partir lo estiró sobre el suelo.
Otro que tenía la garganta horadada, y la nariz cortada al ras de las cejas, y que ya no tenía más que una sola oreja, estando para mirar con asombro junto a los otros, antes que los otros abrió su gaznate, que por fuera estaba rojo por todas partes, y dijo: «¡Oh tú, a quien la culpa no condena, y a quien una vez vi arriba en tierra latina, a menos que la gran semejanza me engañe, trae a la memoria a Pier da Medicina, si alguna vez vuelves a ver la hermosa llanura que desde Vercelli desciende hasta Marcabò, y haz saber a los dos mejores de Fano, al señor Guido y también a Angiolello, que si la