Como a él le plugo, el cuello le ceñí, y él del lugar y el tiempo asió la ventaja, y al estar las alas abiertas de par en par, se aferró con fuerza a los costados velludos; de risco en risco descendió luego entre el espeso pelo y la costra helada.
Cuando ya estuvimos donde el musluar gira exacto en el grueso de la anca, el Guía, con trabajo y hondo aliento, volvió la cabeza hacia donde antes tenía las piernas, y se aferró al pelo como quien trepa, de modo que creí que al Infierno volvíamos.
“Afianza bien tu paso, que por tales escaleras”, Dijo el Maestro, jadeando como un fatigado, “Debemos por fuerza apartarnos de tanto mal”.
Luego, por la abertura de una roca salió, Y sobre el margen me sentó; Después hacia mí estiró su paso cauto.
Alcé los ojos y pensé ver a Lucifer de la misma manera en que lo había dejado; y vi que tenía las piernas hacia arriba. Y si entonces me turbé, que piensen las gentes necias que no ven cuál es el punto que había traspasado.
«Levántate», dijo el Maestro, «sobre tus pies; largo es el camino y difícil la ruta, y el sol ya vuelve al medio término de tercia».
No era ningún corredor de palacio allí donde estábamos, sino una mazmorra natural, con suelo desigual y escasa luz.
“Antes de que del abismo me arranque, Maestro mío”, dije cuando hube incorporado, “para sacarme de un error háblame un poco; ¿dónde está el hielo? y ¿cómo está este fijado así cabeza abajo? y ¿cómo en tan corto tiempo de la tarde a la mañana ha hecho el sol su tránsito?”
Y él a mí: «Tú aún imaginas que estás allende el centro, donde así prendí del crudo gusano que al mundo horada. Del otro lado estuviste mientras descendí; mas cuando me volví, pasaste el punto al que de todas partes las