esposa, y no por algún defecto, así vi yo el resplandor esclarecido acercarse a los dos, que en rueda giraban como convenía a su ardiente amor. En el canto y la música allí entró; y fija en ellos mantuvo su mirada mi Señora, como una novia silenciosa e inmóvil. “Este es el que yació sobre el pecho de aquel nuestro Pelícano; y este es el elegido para el gran oficio desde la cruz”. Mi Señora así; pero no por ello más apartó su vista de su atento mirar antes ni después de estas palabras suyas. Como el hombre que mira, y se esfuerza por ver un poco el eclipse del sol, y que, por mirar, se queda sin vista, así me quedé yo ante aquel último fuego, mientras se decía: “¿Por qué te deslumbras para ver una cosa que aquí no tiene asiento? La tierra en la tierra es mi cuerpo y lo será con todos los otros allí, hasta que nuestro número se iguale al decreto eterno. Con las dos vestiduras en el claustro bendito están las dos luces solas que han ascendido; y esto llevarás de vuelta a vuestro mundo”. Y a estas palabras el círculo flamígero se aquietó, con la más dulce mezcla de sonido que hacía el aliento trino, como para escapar del peligro o la fatiga los remos que antes en el agua batían quedan todos suspensos al silbido de un flautín. ¡Ah, cuánto en mi mente me turbé cuando me volví para mirar a Beatriz, al no poder verla, aunque estaba a su lado y en el Mundo Feliz!
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Canto XXV
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