Era un muchacho rubio de piel rojiza y complexión sólida, con la cara abollada y demasiada carne alrededor de la parte superior de su calzón lavanda. Ike Bush, alias Al Kennedy, entró por las cuerdas en la esquina opuesta. Su cuerpo se veía mejor —esbelto, bien marcado, serpentino—, pero su rostro estaba pálido, preocupado.
Fueron presentados, se dirigieron al centro del cuadrilátero para las instrucciones de rigor, regresaron a sus esquinas, se despojaron de las batas, se estiraron en las cuerdas, sonó el gong y la pelea comenzó.
Cooper era un torpe patán. Tenía un par de manotazos amplios que habrían podido hacer daño de haber conectado, pero cualquiera con dos pies de uso habría podido mantenerse fuera de su alcance. Bush tenía clase: piernas ágiles, una zurda rápida y fluida, y una derecha que salía zumbando. Habría sido una carnicería meter a Cooper en el ring con el muchacho esbelto si este se lo hubiera propuesto. Pero no era así. Es decir, no trataba de ganar. Intentaba no hacerlo, y bastante faena tenía con lograrlo.