La cabeza del viejo era pequeña y casi perfectamente redonda bajo su pelo blanco cortado al rape. Sus orejas eran demasiado pequeñas y estaban demasiado pegadas a los lados de su cabeza como para arruinar el efecto esférico. Su nariz también era pequeña, continuando la curva de su frente huesuda. La boca y la barbilla eran líneas rectas que cortaban la esfera. Debajo de ellas, un cuello corto y grueso descendía hacia un pijama blanco entre unos hombros cuadrados y carnosos.
Uno de sus brazos estaba fuera de las sábanas, un brazo corto y compacto que terminaba en una mano de dedos gruesos y romos. Sus ojos eran redondos, azules, pequeños y llorosos. Parecían estar escondidos tras la película acuosa y bajo las pobladas cejas blancas solo hasta que llegara el momento de saltar y agarrar algo.
No era el tipo de hombre a quien intentarías robarle la cartera a menos que tuvieras mucha confianza en tus dedos.
Me ordenó que me sentara en una silla junto a la cama con un movimiento seco de dos pulgadas de su redonda cabeza, ahuyentó a la secretaria con otro y preguntó:
—¿De qué se trata lo de mi hijo?
Su voz era áspera. Su pecho tenía demasiado y su boca muy poco que ver con sus palabras como para que estas fueran muy claras.
—Soy un agente de la Continental Detective Agency, de la sucursal de San Francisco —le dije—. Hace un par de días recibimos un cheque de su hijo y una carta pidiendo que se enviara a un hombre aquí para hacerle un trabajo. Yo soy ese hombre. Me indicó que fuera a su casa anoche. Fui, pero él no apareció. Cuando llegué al centro me enteré de que lo habían asesinado.
Elihu Willsson me miró con sospecha y preguntó: