Le dije quién era yo. Salió sin decir nada. Esperé diez minutos. Trajo a un muchacho con él, un chaval de unos quince años con una expresión vacía en una cara roja y llena de granos.
—Vete con Sonny —me dijo Kid McLeod.
Seguí al muchacho por una puerta lateral, a lo largo de dos manzanas de calle trasera, cruzando un terreno arenoso, a través de una verja destartalada y hasta la puerta trasera de una casa de madera.
El muchacho llamó a la puerta y le preguntaron quién era.
—Sonny, con un tipo que mandó el Kid —respondió él.
La puerta fue abierta por el patilargo O’Marra. Sonny se marchó. Entré en una cocina donde Reno Starkey y otros cuatro hombres estaban sentados alrededor de una mesa que tenía mucha cerveza encima.
Noté que dos pistolas automáticas colgaban de unos clavos sobre la parte superior de la puerta por la que había entrado. Serían muy útiles si alguno de los ocupantes de la casa abría la puerta, encontraba allí a un enemigo con un arma y se le ordenaba levantar las manos.
Reno me sirvió un vaso de cerveza y me guio a través del comedor hacia una habitación del frente.
Un hombre yacía allí boca abajo, con un ojo pegado a la rendija entre la persiana bajada y el alféizar de la ventana, vigilando la calle.
—Vuelve y cómprate una cerveza —le dijo Reno.
Él se levantó y se fue.
Nos pusimos cómodos en sillas contiguas.
—Cuando te arreglé esa coartada de Tanner —dijo Reno—, te dije que lo hacía porque necesitaba todos los amigos posibles.