color muy claro, una nariz corta y carnosa, y una boca aún más carnosa cuya voracidad solo se disimulaba a medias entre un bigote gris y desaliñado y una barba de chivo gris y desaliñada. Su ropa era oscura y tenía un aspecto descuidado, sin llegar a estar sucia del todo.
No se levantó de su escritorio, y durante toda mi visita mantuvo la mano derecha sobre el borde de un cajón del escritorio que estaba abierto unas seis pulgadas.
Él dijo:
—Ah, mi querido caballero, me halaga enormemente comprobar que tuvo el buen juicio de reconocer el valor de mi consejo.
Su voz era todavía más oratoria que a través del hilo telefónico.
No dije nada.
Movió los bigotes como si mi silencio fuera otra muestra de buen juicio, y continuó:
“Puedo afirmar, en toda justicia, que comprobará que es parte invariable de un sano juicio seguir los dictados de mis consejos en todos los casos. Puedo decir esto, estimado señor, sin falsa modestia, apreciando con la debida humildad y un profundo sentido de los valores verdaderos y duraderos, tanto mis responsabilidades como mis prerrogativas en calidad de —¿y por qué habría de rebajarme a ocultar el hecho de que hay quienes se sienten justificados al preferir sustituir el artículo indefinido por el definido?— reconocido y aceptado líder de la abogacía en este próspero estado”.
Él se sabía muchas frases como esas, y no le importaba usarlas conmigo. Finalmente, llegó a:
“Así, aquella conducta que en un profesional menor podría parecer irregular, llega a ser, cuando quien la ejerce ocupa una prominencia tan