Max
La noticia de la captura de Whisper se extendió rápidamente. Cuando Noonan, los polis que se había traído y yo llevamos al tahúr y a Jerry —que ya había recuperado el conocimiento— al Ayuntamiento, había al menos un centenar de personas merodeando y observándonos.
Ninguno parecía contento. Los pasmas de Noonan —una caterva andrajosa en el mejor de los casos— se movían con rostros blanquecinos y tensos. Pero Noonan era el tipo más triunfante al oeste del Misisipi. Ni siquiera la mala suerte que había tenido al intentar interrogar a la fuerza a Whisper pudo arruinarle la felicidad.
Whisper se levantó a pesar de todo lo que le caía encima. Hablaría con su abogado, dijo, y con nadie más, y se mantuvo en sus trece.
Y, por mucho que Noonan odiara al jugador, este era un prisionero al que no le aplicaba el tratamiento duro, al que no entregaba al equipo de demolición. Whisper había matado al hermano del jefe, y el jefe lo aborrecía con toda el alma, pero Whisper seguía siendo demasiado alguien en Poisonville como para recibir una paliza.
Noonan al fin se cansó de jugar con su prisionero y lo mandó arriba —la prisión estaba en el último piso del ayuntamiento— para que lo guardaran. Encendí otro de los cigarros del jefe y leí la declaración detallada que le había arrancado a la mujer en el hospital. No había nada en ella que no hubiera aprendido ya de Dinah y MacSwain.
El jefe quería que fuera a su casa a cenar, pero me inventé una excusa para librarme, fingiendo que la muñeca—ahora vendada—me molestaba. En realidad no era mucho más que una quemadura.