El Zar de Villaveneno
El Morning Herald dedicó dos páginas a Donald Willsson y a su muerte.
Su retrato mostraba un rostro apuesto e inteligente, de cabello rizado, ojos y boca sonrientes, barbilla partida y corbata de rayas.
La historia de su muerte era sencilla.
A las diez y cuarenta de la noche anterior le habían disparado cuatro veces en el estómago, el pecho y la espalda, muriendo en el acto. El tiroteo había tenido lugar en el 1100 de la calle Hurricane.
Los residentes de esa manzana que se asomaron tras oír los disparos vieron al difunto tendido en la acera. Un hombre y una mujer se inclinaban sobre él. La calle estaba demasiado oscura para que nadie pudiera ver a nadie ni nada con claridad.
El hombre y la mujer habían desaparecido antes de que nadie más llegara a la calle. Nadie sabía cómo eran. Nadie los había visto irse.
Se habían efectuado seis disparos contra Willsson con una pistola calibre .32. Dos de ellos lo habían fallado, incrustándose en la pared frontal de una casa. Siguiendo la trayectoria de estas dos balas, la policía había averiguado que los disparos se habían hecho desde un callejón estrecho al otro lado de la calle.