—Dios mío, tengo hambre —dijo, arrastrándome por la acera—. ¿Me compras una tonelada de chow mein?
No se comió una barbaridad, pero lo hizo bastante bien, zampándose un plato hondo hasta el tope y la mitad del mío.
Luego volvimos a subirnos al Marmon y fuimos hasta su casa.
Dan Rolff estaba en el comedor.
Un vaso de agua y una botella marrón sin etiqueta reposaban sobre la mesa frente a él.
Se sentaba muy derecho en la silla, mirando fijamente la botella.
La habitación olía a láudano.
Dinah Brand se quitó el abrigo de pieles de un desliz, dejándolas caer medio sobre una silla y medio en el suelo, y chasqueó los dedos al tísico, diciendo con impaciencia:
¿Cobraste?
Sin apartar la vista de la botella, sacó un taco de billetes del bolsillo interior de la americana y lo dejó caer sobre la mesa. La chica lo cogió, contó los billetes dos veces, chasqueó los labios y se metió el dinero en el bolso.
Ella salió a la cocina y empezó a picar hielo.
Me senté y encendí un cigarrillo. Rolff se quedó mirando su botella. Él y yo nunca parecíamos tener mucho de qué hablar.
Al poco rato, la muchacha trajo ginebra, zumo de limón, seltzer y hielo.
Bebimos y ella le dijo a Rolff: