—Posada Cedar Hill —dijo.
—Bates, sígueme con tu gente. Terry, sal disparado por Broadway y llega al vertedero por la parte de atrás. Recoge a los muchachos de la policía de tráfico por el camino. Lo más probable es que necesitemos a todos los que podamos conseguir. Duffy, lleva a los tuyos por Union Street y rodea por el viejo camino de la mina. McGraw se quedará al mando de la comisaría. Consigue a todo el personal que puedas y mándalos tras nosotros. ¡En marcha!
Cogió su sombrero y fue tras ellos, gritándome por encima de su grueso hombro:
—Venga, tío, esta es la buena.
Lo seguí hasta el garaje del departamento, donde los motores de media docena de coches rugían. El jefe se sentó junto a su conductor. Yo me senté atrás con cuatro detectives.
Los hombres subieron a empujones a los otros coches.
Se desenvainaron las ametralladoras.
Se distribuyeron brazadas de rifles y escopetas antidisturbios, y paquetes de munición.
El coche del jefe salió primero, con un salto que nos hizo castañear los dientes. Evitamos la puerta del garaje por medio centímetro, perseguimos a un par de peatones en diagonal por la acera, rebotamos contra el bordillo hacia la calzada, esquivamos un camión por tan poco margen como a la puerta, y salimos zumbando por King Street con la sirena a todo volumen.
Automóviles aterrorizados se lanzaban a diestra y siniestra, sin importarles las normas de tráfico, para dejarnos pasar. Fue muy divertido.