El rostro del jefe pasó del rojo al púrpura.
Dije en voz alta:
—Espera, Noonan. Lo estamos enfocando mal. No llegaremos a ninguna parte a menos que todos hablen con total sinceridad. De lo contrario, estaremos todos peor que antes. MacSwain mató a Tim, y tú lo sabes.
Me miró con ojos estupefactos. Se quedó con la boca abierta. No podía entender qué le había hecho.
Miré a los demás, intenté parecer más virtuoso que la concha de la lora, y pregunté:
—Eso está zanjado, ¿no? Vayamos a arreglar el resto de los chanchullos.
Me dirigí a Pete el Finlandés: —¿Cómo te sientes respecto al accidente de ayer en tu almacén y los cuatro hombres?
—Un maldito accidente —bramó él.
Exliqué:
“Noonan no sabía que estabas usando el local. Fue allí creyéndolo vacío, solo para despejar el terreno de cara a un trabajo en la ciudad. Vuestros hombres dispararon primero, y entonces él de verdad creyó que había tropezado con el escondite de Thaler. Cuando descubrió que se había metido en tu charco, perdió la cabeza y le prendió fuego al sitio”.
Thaler me miraba con una sonrisa dura y pequeña en los ojos y en la boca. Reno era pura impasibilidad sorda. Elihu Willsson se inclinaba hacia mí, con sus viejos ojos agudos y desconfiados.
No sé qué estaba haciendo Noonan. No podía darme el lujo de mirarlo. Estaba en una buena posición si jugaba bien mis cartas, y en una terrible si no lo hacía.