Reno arrojó la bomba restante a través de la puerta.
Nos metimos a toda prisa en el coche. Reno se puso al volante. El motor estaba muerto. Las balas le habían dado.
Reno tocó la bocina mientras el resto de nosotros bajábamos de un salto.
La máquina que se había detenido en la esquina vino por nosotros.
Esperándola, miré calle arriba y calle abajo, iluminada intensamente por el resplandor de dos edificios en llamas.
Había algunas caras en las ventanas, pero cualquiera que estuviera en la calle además de nosotros se había puesto aresguardo.
No muy lejos, sonaban campanas de incendio.
La otra máquina redujo la velocidad para que subiéramos a bordo. Ya iba llena. Nos acomodamos por capas, con los que sobraban colgados de los estribos.
Pasamos por encima de las piernas del difunto Hank O’Marra y nos dirigimos a casa. Recorrimos una manzana de la distancia con seguridad, aunque no con comodidad. Después de eso, no tuvimos ninguna de las dos cosas.
Una limusina dobló hacia la calle delante de nosotros, avanzó media manzana hacia nosotros, se nos puso de perfil y se detuvo.
Por la ventanilla lateral, disparos.
Otro carro adelantó a la limusina y nos embistió. Desde su interior, disparos.
Hicimos todo lo posible, pero estábamos demasiado maldita y confusamente amalgamados para pelear bien. No se puede apuntar