“Todos estábamos bailando en el hotel esa noche. Max estuvo allí un rato, y luego ya no lo vi más. Myrtle estaba bailando con un tipo llamado Rutgers, un abogado de aquí del pueblo. Al rato lo dejó y salió por una de las puertas laterales. Me guiñó un ojo al pasar, así que supe que iba a ver a Tim. Apenas había salido cuando oí el disparo. A nadie más le llamó la atención. Supongo que yo tampoco lo habría notado si no hubiera sabido lo de Myrtle y Tim.
“Le dije a Holly que quería ver a Myrtle, y salí tras ella, sola. Debí de haber salido unos cinco minutos después de ella. Cuando salí vi luces cerca de uno de los cenadores, y gente. Fui hacia allá, y—Hablar tanto da mucha sed”.
Me serví un par de tragos dobles de ginebra. Ella fue a la cocina por otro sifón y más hielo. Los preparamos, bebimos, y volvió a acomodarse para seguir con su historia:
“Ahí estaba Tim Noonan, muerto, con un agujero en la sien y su pistola tirada a su lado.
Tal vez una docena de personas rodeaban el lugar, empleados del hotel, visitantes, uno de los hombres de Noonan, un madero llamado MacSwain. Tan pronto como Myrtle me vio, me alejó de la multitud, llevándome a la sombra de unos árboles.
“—Max lo mató —dijo ella—. ¿Qué voy a hacer?
—Le pregunté al respecto. Me dijo que había visto el destello del arma y al principio pensó que Tim se había suicidado después de todo. Estaba demasiado lejos y hacía demasiada oscuridad para que pudiera ver algo más. Cuando corrió hacia él, estaba dando vueltas, gimiendo: «No tenía que matarme por ella. Yo le habría...». No pudo distinguir el resto. Estaba dando vueltas, sangrando por el agujero en la sien.