“Hay una muchacha ahí dentro, Helen Albury, dieciocho años, un metro sesenta y cinco, flaca, no más de cincuenta kilos, con suerte, los ojos juntos, castaños, piel cetrina, cabello castaño corto, lacio, lleva un traje gris puesto. Síguela. Si te arma un escándalo, méteme en chirona. Ten cuidado: está más loca que una cabra”.
Me dirigí al vertedero de Peak Murry para localizar a Reno y ver qué quería. A mitad de cuadra de mi destino, me metí en el portal de un edificio de oficinas para examinar la situación.
Un furgón de la policía estaba estacionado frente al local de Murry. Sacaban a los hombres del salón de billar a empujones, arrastrándolos, en vilo, para meterlos en el furgón. Los que dirigían, arrastraban y cargaban no parecían maderos de verdad.
Eran, según supuse, la banda de Pete el Finlandés, convertidos ahora en agentes especiales. Pete, con la ayuda de McGraw, al parecer estaba cumpliendo su amenaza de dar a Whisper y a Reno toda la guerra que quisieran.
Mientras miraba, llegó una ambulancia, fue cargada y se marchó.
Estaba demasiado lejos para reconocer a nadie o a ningún cuerpo. Cuando lo más álgido de la conmoción pareció haber pasado, di una vuelta a un par de manzanas y regresé a mi hotel.
Mickey Linehan was there with information about Mr. Charles Proctor Dawn.
“Él es el tipo sobre el que hicieron el chiste: ‘¿Es un abogado penalista?’ ‘Sí, muchísimo’. Este tal Albury al que agarraste, parte de su familia contrató a este pájaro de Dawn para que lo defendiera. Albury no quiso saber nada de él cuando Dawn fue a verlo.