Mis ojos ardiendo. La garganta y la boca calientes, estropajosas. Fui a la cocina, encontré una botella de ginebra, me la incliné en la boca y la mantuve ahí hasta que tuve que respirar. El reloj de la cocina marcaba las siete y cuarenta y uno.
Con la ginebra en el cuerpo regresé al comedor, encendí las luces y miré a la muchacha muerta.
No se veía mucha sangre: una mancha del tamaño de una moneda de plata alrededor del agujero que el picahielos había hecho en su vestido de seda azul.
Había un hematoma en su mejilla derecha, justo debajo del pómulo. Otro hematoma, hecho con dedos, estaba en su muñeca derecha. Sus manos estaban vacías. La moví lo suficiente para ver que no había nada debajo de ella.
Examiné la habitación. Hasta donde pude comprobar, nada había cambiado en ella. Volví a la cocina y no encontré en ella cambios reconocibles.
El cerrojo de resorte de la puerta trasera estaba echado y no tenía marcas que indicaran que había sido forzado. Fui a la puerta principal y tampoco le hallé ninguna marca. Recorrí la casa de arriba abajo y no descubrí nada. Las ventanas estaban bien. Las joyas de la muchacha, sobre su tocador (excepto los dos anillos de diamantes en sus manos), y poco más de cuatrocientos dólares en su bolso, en una silla del dormitorio, no habían sido tocados.
De nuevo en el comedor, me arrodillé junto a la muchacha muerta y usé mi pañuelo para limpiar el mango del picahielo de cualquier huella que mis dedos hubieran dejado en él. Hice lo mismo con los vasos, las botellas, las puertas, los interruptores de la luz y las piezas de mobiliario que había tocado, o que era probable que