Al llegar al hotel, un destartalado coche de turismo negro pasó a toda velocidad por la calle, a unos ochenta por hora como mínimo, repleto de hombres hasta las cortinillas.
Sonreí tras él. Poisonville empezaba a hervir a presión, y me sentía tan compenetrado que ni el recuerdo de mi nada edificante papel en el hervor impidió que durmiera doce horas seguidas de tirón.