“Déjame eso a mí. ¿Dónde te encuentro después?”
“Estaré por el bar de Murry. Cuidado con ir de la lengua. Lo prometiste”.
El Maxwell era uno de una docena de hoteles a lo largo de la calle Union con estrechas puertas principales entre tiendas, y escaleras descascaradas que conducían a oficinas en un segundo piso.
La oficina del Maxwell era simplemente un espacio amplio en el pasillo, con un casillero para llaves y correo detrás de un mostrador de madera que necesitaba pintura con la misma urgencia. Sobre el mostrador había una campanilla de bronce y un libro de registros diario y sucio. No había nadie.
Tuve que retroceder ocho páginas antes de encontrar «Ike Bush, Salt Lake City, 214», escrito en el libro.
El casillero que tenía ese número estaba vacío.
Subí más escalones y llamé a una puerta que lo tenía. Eso no sirvió de nada.
Lo intenté dos o tres veces más y luego volví hacia las escaleras.
Alguien iba subiendo. Me quedé arriba, esperando verlo. Había justito la luz suficiente para ver.
Era un muchacho esbelto y musculoso con camisa militar, traje azul y gorra gris. Las cejas negras trazaban una línea recta sobre sus ojos.
Dije: “Hola.”
Asintió sin detenerse ni decir nada.
—¿Ganaron esta noche? —pregunté.
—Eso espero —dijo seco, pasándome de largo.