Bush lo enderezó con un golpe de derecha en la boca, y volvió a hundir la izquierda. Cooper dijo: «Uj», otra vez y tuvo problemas con las rodillas.
Bush le dio un manotazo a cada lado de la cabeza, armó el derecho, le colocó con cuidado la cara en posición con una larga izquierda y lanzó la mano derecha directamente desde debajo de su mandíbula hasta la de Cooper.
Todo el mundo en la casa sintió el golpe.
Cooper cayó al suelo, rebotó y quedó allí inerte. Al árbitro le costó medio minuto contar diez segundos. Habría sido exactamente lo mismo si hubiera tardado media hora. Kid Cooper estaba KO.
Cuando el árbitro por fin había contado con lentitud, levantó la mano de Bush. Ninguno de los dos parecía contento.
Un parpadeo brillante llamó mi atención. Una corta ráfaga plateada descendía en diagonal desde uno de los pequeños balcones.
Una mujer gritó.
El destello plateado terminó su trayectoria inclinada en el cuadrilátero, con un sonido que era en parte un golpe seco y en parte un chasquido.
Ike Bush sacó el brazo de la mano del árbitro y se desplomó sobre Kid Cooper. El cabo negro de un cuchillo sobresalía de la nuca de Bush.