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VII. Caballeros

tanta parte de un precioso cuello y pecho como permitía ver un simarra de la más rica seda persa —que ostentaba flores con sus colores naturales bordadas en relieve sobre un fondo púrpura—, todo ello constituía una combinación de encantos que no cedía ante la de la más hermosa de las doncellas que la rodeaban.

Es verdad que de los broches de oro y tachonados de perlas que le cerraban el chaleco desde el cuello hasta la cintura, los tres superiores se habían dejado desabrochados debido al calor, lo cual ampliaba un tanto la perspectiva a la que aludimos. Un collar de diamantes, con colgantes de valor incalculable, quedaba asimismo más al descubierto por este medio.

La pluma de un avestruz, prendida en su turbante mediante un broche de brillantes, era otra distinción de la hermosa judía, de la que se burlaban y mofaban las orgullosas damas que se sentaban por encima de ella, pero que era secretamente envidiada por aquellas que fingían despreciarlas.

—Por la calva coronilla de Abraham —dijo el príncipe Juan—, ¡la judía de allí debe de ser el mismísimo modelo de aquella perfección cuyos encantos volvieron frenético al rey más sabio que jamás ha vivido! ¿Qué dices tú, prior Aymer? —¡Por el templo de aquel sabio rey, que nuestro más sabio hermano Ricardo demostró ser incapaz de recuperar, ella es la mismísima Novia de los Cantares!

—«La Rosa de Sarón y el Lirio de los Valles» —respondió el Prior, con un tono algo gangoso—; pero vuestra Gracia debe recordar que no deja de ser más que una judía.

—¡Ay! —añadió el príncipe Juan, sin hacerle caso—, y ahí está también mi Mammón de iniquidad: el marqués de los Marcos, el barón de los Bizantes, disputándose el sitio con perros sin blanca cuyos mantos gastados no tienen ni una sola cruz en los bolsillos para espantar al diablo. ¡Por el cuerpo de san Marcos, que mi príncipe de las provisiones, con su

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