—Sanas y salvas, tal como me fueron arrebatadas —dijo el judío—; de otro modo, no hay trato.
—Paz, Isaac —dijo el Bandolero—, o renuncio a defender tus intereses. ¿Qué os parece este propósito mío, prior Aymer?
—El asunto —dijo el Prior— es de condición mixta; pues, si por un lado hago mucho bien, por el otro, en cambio, redunda en provecho de un judío, y en tanto va en contra de mi conciencia.
Sin embargo, si el israelita beneficia a la Iglesia dándome algo para la construcción de nuestro dormitorio, cargaré sobre mi conciencia el ayudarle en el asunto de su hija.
—Por veinte marcos para el dormitorio —dijo el Proscrito—; ¡ Estate quieto, te digo, Isaac!, o por un par de palmatorias de plata para el altar, no nos vamos a poner quisquillosos contigo.
—No, por Dios, buen Diccon Tensa-el-Arco —dijo Isaac, esforzándose por interponerse.
—¡Buen judío! ¡Buena bestia! ¡Buena lombriz de tierra! —dijo el hacendado, perdiendo la paciencia—; si sigues poniendo tu sucio lucro en la balanza frente a la vida y el honor de tu hija, ¡por el Cielo que te despojaré hasta del último maravedí que posees en el mundo antes de que pasen tres días!
Isaac se encogió y guardó silencio.
—¿Y qué garantía he de tener de todo esto? —dijo el Prior.