—Una tregua a vuestras burlas, señores caballeros —dijo Fitzurse—; y haría bien —añadió, dirigiéndose al Príncipe— en asegurar al digno Cedric de que no hay intención de ofenderle con bromas que deben sonar con dureza en los oídos de un extranjero.
—¿Insulto? —respondió el príncipe Juan, recuperando su modalidad cortés—; confieso que no se pensará que yo pudiera tener la intención, ni permitir que se profiriera ninguno, en mi presencia. ¡Hola! ¡Bebo a la salud del propio Cedric, ya que él se niega a brindar por la de su hijo!
La copa pasó de mano en mano entre los bien disimulados aplausos de los cortesanos, los cuales, sin embargo, no lograron causar en el ánimo del sajón el efecto que se había propuesto.
No era él de percepción naturalmente aguda, pero se equivocaban en mucho quienes menospreciaban su entendimiento hasta el punto de creer que aquel cumplido halagador borraría el sentido del insulto anterior.
Permaneció callado, no obstante, cuando la brindis real volvió a circular: «A Sir Athelstane de Coningsburgh».
El caballero hizo una reverencia y demostró su agradecimiento por el honor apurando una enorme copa como respuesta.
—Y ahora, señores —dijo el príncipe Juan, que empezaba a entrar en calor con el vino que había bebido—, habiendo hecho justicia a nuestros huéspedes sajones, les rogaremos alguna reciprocidad a nuestra cortesía. —Digno thane —continuó, dirigiéndose a Cedric—, ¿podríamos suplicarle que nos nombre a algún normundo cuyo mención menos manche su boca, y que se quite con una copa de vino toda la amargura que el sonido pueda dejar tras de sí?
Fitzurse se levantó mientras el príncipe Juan hablaba y, deslizándose detrás del asiento del sajón, le susurró que no desaprovechara la