Una vez más a la brecha, queridos amigos, una vez más, o cerrad el muro con nuestros muertos ingleses.
—Y vosotros, buenos yeomen, cuyos miembros fueron hechos en Inglaterra, mostradnos aquí la temple de vuestro pasto; juradnos que sois dignos de vuestra cuna.
Cedric, aunque no muy confiado en el mensaje de Ulrica, no omitió comunicar su promesa al Caballero Negro y a Locksley.
Se alegraron mucho de saber que tenían una amiga dentro del lugar, la cual pudiera, en el momento de la necesidad, facilitarles la entrada, y convinieron fácilmente con el sajón en que se debía intentar un asalto, con cualesquiera desventajas, como el único medio de liberar a los prisioneros que ahora estaban en manos del cruel Front-de-Boeuf.
—La sangre real de Alfredo está en peligro —dijo Cedric.
—El honor de una noble dama está en peligro —dijo el Caballero Negro.
—Y, por el san Cristóbal de mi tahalí —dijo el buen ballestero—, si no hubiera otra causa que la salvación de ese pobre y fiel bribón de Wamba, me jugaría un miembro antes de que le tocasen un pelo de la cabeza.
—Y así lo haría yo —dijo el fraile—; ¡cómo, señores! Confío firmemente en que un loco —quiero decir, ¿me entendéis, señores?, un loco que es libre en su gremio y maestro en su oficio, y que sabe dar a una copa de vino tanto gusto y sabor como un buen trozo de tocino—, digo, hermanos, que a un loco así nunca le ha de faltar un clérigo prudente que rece o pelee por él en un apuro, mientras yo pueda decir una misa o manejar con maña una alabarda.