vacilado en usar ningún medio para extender su poder feudal, tenía unos rasgos acordes con su carácter, que expresaban con fuerza las pasiones más feroces y malignas del espíritu. Las cicatrices con las que su rostro estaba surcado, en unas facciones de otra índole habrían despertado la simpatía y la veneración debidas a las marcas del valor honorable; pero, en el caso particular de Front-de-Boeuf, solo contribuían a la ferocidad de su semblante y al pavor que su presencia inspiraba. Este formidable barón vestía un sayo de cuero, ceñido al cuerpo, que estaba desgastado y manchado por las señales de su armadura. No llevaba más arma que un puñal al cinto, el cual servía para contrarrestar el peso del manojo de llaves oxidadas que pendía de su lado derecho.
Los esclavos negros que servían a Front-de-Boeuf fueron despojados de sus magníficos atuendos y vestidos con jubones y pantalones de lino basto, con las mangas remangadas por encima del codo, como las de los carniceros cuando se disponen a ejercer su oficio en el matadero. Cada uno llevaba en la mano un pequeño cesto; y, al entrar en el calabozo, se detuvieron junto a la puerta hasta que el propio Front-de-Boeuf la cerró con llave y doble cerrojo cuidadosamente. Tomada esta precaución, avanzó lentamente por la estancia hacia el judío, en quien mantuvo los ojos fijos, como si deseara paralizarlo con su mirada, tal como se dice que algunos animales fascinan a su presa. Parecía en verdad como si el ojo huraño y maligno de Front-de-Boeuf poseyera una parte de ese pretendido poder sobre su desdichado prisionero. El judío estaba sentado con la boca abierta y los ojos fijos en el salvaje barón con tal intensidad de terror que su cuerpo parecía encogerse literalmente y disminuir de tamaño al enfrentarse a la mirada fija y funesta del fiero normando. El desdichado Isaac no solo se vio privado de