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nydus/IvanhoePublic
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II. El Monje

Un monje había, de gran excelencia, jinete audaz que amaba la venatoria; varón viril, digno de ser Abad, y muchos bellos bridones en su estabal: y cuando iba a caballo, se oía su brida tintinear en un viento silbante tan claro, y asimismo tan fuerte, como hace la campana de la capilla de allí donde este señor era guarda de la celda.

A pesar de las ocasionales exhortaciones y regaños de su compañero, como el ruido de los cascos de los jinetes seguía acercándose, no hubo forma de evitar que Wamba se detuviera de vez en cuando en el camino, con cualquier pretexto que se le presentara; ya fuera arrancando del avellano un racimo de frutos medio maduros, o volviendo la cabeza para mirar de soslayo a alguna muchacha campesina que se cruzaba en su camino. Los jinetes, por lo tanto, no tardaron en darles alcance en el camino.

Eran diez hombres en total, de los cuales los dos que marchaban a la cabeza parecían ser personas de considerable importancia, y los demás, sus sirvientes.

No era difícil averiguar la condición y el carácter de uno de estos personajes.

Era obvio que se trataba eclesiástico de alto rango; su vestimenta era la de un monje cisterciense, pero confeccionada con materiales mucho más finos que los que la regla de dicha orden permitía. Su manto y su capucha eran de la mejor tela de Flandes y caían en amplios, y no poco graciosos pliegues, en torno a una hermosa, aunque algo corpulenta persona.

Su rostro llevaba tan poco las señales de la abnegación, como su hábito indicaba desprecio por el esplendor mundano. Sus rasgos podrían

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