dudar si no habría sido transportado de nuevo, durante su sueño, a la tierra de Palestina. La impresión aumentó cuando, al correrse el tapiz, una figura femenina, vestida con un rico atuendo que participaba más del gusto oriental que del europeo, se deslizó por la puerta que este ocultaba, seguida de un criado Moreno.
Cuando el caballero herido se disponía a dirigirse a aquella hermosa aparición, ella le impuso silencio colocando su delicado dedo sobre sus labios de rubí, mientras el sirviente, acercándose a él, procedía a descubrir el costado de Ivanhoe, y la encantadora judía se cercioraba de que el vendaje estaba en su lugar y la herida iba por buen camino.
Ella realizó su tarea con una gracia, una dignidad, una sencillez y un pudor tales que, aun en días más civilizados, habrían bastado para librarla de cualquier cosa que pudiera parecer repugnante a la delicadeza femenina.
La idea de una persona tan joven y hermosa dedicada al cuidado de un lecho de enfermo, o a curar la herida de alguien de otro sexo, se disolvía y se perdía en la de un ser benéfico que prestaba su ayuda eficaz para aliviar el dolor y alejar el golpe de la muerte.
Las pocas y breves indicaciones de Rebeca fueron dadas en lengua hebrea al viejo criado; y este, que había sido frecuentemente su ayudante en casos similares, las obedeció sin réplica.
Los acentos de una lengua desconocida, por más ásperos que hubieran sonado en labios ajenos, tenían, al provenir de la hermosa Rebeca, el efecto romántico y grato que la fantasía atribuye a los conjuros pronunciados por algún hada benéfica; ininteligibles, en verdad, para el oído, pero, por la dulzura de la dicción y la benignidad del aspecto que los acompañaban, conmovedores y entrañables para el corazón. Sin intentar formular más preguntas, Ivanhoe consintió en silencio a que tomaran las medidas que juzgaran más apropiadas para su recuperación;