compras tu propia seguridad. Cobra ánimo y disponte a marchar en busca de este Wilfredo de Ivanhoe. Yo también me pondré en movimiento, pues gran pecado sería dejarte en tu desgracia. Me dirigiré a la ciudad de York, donde se hallan reunidos muchos guerreros y hombres fuertes, y no dudes de que hallaré entre ellos a alguien que peleare por tu hija; pues el oro es su dios, y por riquezas empeñarán tanto sus vidas como sus tierras. ¿Cumplirás, hermano mío, la promesa que yo les hiciere en tu nombre?
—Ciertamente, hermano —dijo Isaac—, y alabado sea el Cielo que me ha deparado un consolador en mi miseria. Con todo, no les concedas de golpe toda su pretensión, pues habrás de comprobar que es cualidad de esta maldita gente pedir libras y tal vez aceptar onzas. No obstante, hágase como tú quieras, pues estoy turbado en este asunto, ¡y de qué me serviría el oro si la hija de mis entrañas perece!
—Adiós —dijo el médico—, y que sea para ti como tu corazón desea.
Se abrazaron como convenía y tomaron sus respectivos caminos.