—Cumpliré mi promesa —dijo Rebeca—, y tú llevarás tu armadura a los ocho días de hoy, si me concedes una sola gracia en lugar de la plata que me prometes.
—Si está dentro de mi poder, y es algo que un verdadero caballero cristiano puede conceder a uno de los tuyos —respondió Ivanhoe—, accederé a tu súplica de buen grado y con agradecimiento.
—No —respondió Rebeca—, tan solo te pido que creas en adelante que un judío puede prestar un buen servicio a un cristiano, sin desear otra recompensa que la bendición del Gran Padre que hizo tanto al judío como al gentil.
—Pecado sería dudarlo, doncella —respondió Ivanhoe—, y confío en vuestra destreza sin más duda ni reparo, con la firme confianza de que me permitiréis llevar el coselete al octavo día. Y ahora, mi amable médica, dejadme preguntar por las noticias del exterior. ¿Qué se sabe del noble sajón Cedric y de su casa?, ¿qué de la hermosa dama… —Se detuvo, como si le repugnara pronunciar el nombre de Rowena en la casa de un judío—: