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XXXV

encuentro, os deseamos un feliz viaje. Dado desde esta cueva de ladrones, alrededor de la hora de maitines,

“Aymer Pr. S. M. Jorvolciencis.

“Postscriptum. En verdad que tu cadena de oro no ha permanecido mucho tiempo conmigo, y ahora sostendrá, alrededor del cuello de un furtivo cazador de ciervos, el silbato con el que llama a sus perros.”

—¿Qué dices a esto, Conrade? —dijo el Gran Maestre—. ¡Cueva de ladrones! ¡Y qué residencia tan apropiada es una cueva de ladrones para semejante Prior! No me extraña que la mano de Dios esté sobre nosotros, y que en Tierra Santa perdamos plaza tras plaza, palmo a palmo, ante los infieles, cuando tenemos eclesiásticos como este Aymer. Y qué pretende decir, a mi parecer, con esta segunda Bruja de Endor? —le preguntó a su confidente, apartándose un poco. Conrade estaba más familiarizado (quizás por experiencia) con la jerga de la galantería que su Superior, y explicó el pasaje que desconcertaba al Gran Maestre como una especie de lenguaje que los hombres mundanos usaban con aquellas a quienes amaban par amours; pero la explicación no satisfizo al intolerante Beaumanoir.

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