primer borrachín dice «fusty bandias», a lo cual el otro está obligado a responder «strike pantnere», y el Fraile lanza muchas bromas sobre la falta de memoria del Rey, quien a veces olvida las palabras de la acción. La noche transcurre en este alegre pasatiempo.
Antes de su partida por la mañana, el Rey invita a su reverendo anfitrión a la Corte, promete, al menos, retribuir su hospitalidad y se muestra muy complacido con su recibimiento.
El jovial Ermitaño al fin accede a aventurarse hasta allí y a preguntar por Jack Fletcher, que es el nombre adoptado por el Rey. Tras mostrarle el Ermitaño a Eduardo algunas proezas de arquería, la gozosa pareja se separa. El Rey cabalga de regreso a casa y se reencuentra con su séquito.
Como el romance es imperfecto, no sabemos cómo se produce el descubrimiento; pero probablemente sea de la misma manera que en otras narraciones que giran en torno al mismo tema, en las que el anfitrión, temeroso de morir por haber quebrantado el respeto debido a su Soberano, mientras iba de incógnito, se ve gratamente sorprendido al recibir honores y recompensa.
En la colección del señor Hartshorne hay un romance sobre la misma base, titulado El rey y el pastor, que, considerado como ilustración de costumbres, resulta todavía más curioso que El rey y el ermitaño, pero es ajeno al presente propósito.
El lector tiene aquí la leyenda original de la que se deriva el incidente del romance, y el hecho de identificar al irregular eremita con el fraile Tuck de la historia de Robin Hood fue un recurso evidente.
El nombre de Ivanhoe fue sugerido por una antigua rima. Todos los novelistas han tenido ocasión en algún momento de desear, junto con Falstaff, saber dónde se podía conseguir una mercancía de buenos