«¡Vil arpía asesina! —respondió Front-de-Boeuf—; ¡detestable lechuza! ¿Eres entonces tú quien viene a regocijarse sobre las ruinas que has ayudado a derribar?».
—¡Ay, Reginald Front-de-Boeuf —respondió ella—, soy Ulrica! ¡Soy la hija del asesinado Torquil Wolfganger! ¡Soy la hermana de sus masacrados hijos! ¡Soy quien te exige a ti, y a la casa de tu padre, padre y parentela, nombre y fama, todo cuanto ella ha perdido por culpa del nombre de Front-de-Boeuf! Piensa en mis agravios, Front-de-Boeuf, y respóndeme si no digo la verdad. ¡Tú has sido mi mal ángel, y yo seré el tuyo; te acosaré hasta el mismo instante de la muerte!
—¡Detestable furia! —exclamó Front-de-Boeuf—; jamás presenciarás ese momento. ¡Eh! ¡Giles, Clement y Eustace! ¡Saint Maur y Stephen! ¡Prended a esta maldita bruja y arrojadla de cabeza desde las almenas; nos ha traicionado al sajón! ¡Eh! ¡Saint Maur! ¡Clement! ¡Cobardes traidores, dónde os demoráis?
—Vuelve a convocarlos, valeroso barón —dijo la bruja, con una sonrisa de espantosa burla—; reúne a tus vasallos en torno a ti, condena a los perezosos al látigo y al calabozo... Pero sabe, poderoso jefe —continuó, cambiando de súbito el tono—, que no obtendrás de ellos ni respuesta, ni ayuda, ni obediencia. Escucha esos horribles sonidos —pues el estruendo del reiniciado asalto y defensa resonaba ya con espantoso volumen desde las almenas del castillo—; en ese grito de guerra está la caída de tu casa. ¡El edificio cementado con sangre del poder de Front-de-Boeuf se tambalea hasta los cimientos, y ante los enemigos que más despreciaba! ¡El sajón, Reginald!, ¡el sajón despreciado asalta tus murallas! ¿Por qué yaces aquí, como un siervo gastado, cuando el sajón toma por asalto tu fortaleza?