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IX

lo que ocurría, algunas se retiraban alarmadas —lo cual tal vez era fingido—, otras intentaban contener la sonrisa, y hubo dos o tres que soltaron una carcajada. También hubo algunas que se descorrieron los velos sobre sus encantos; pero, como dice el Manuscrito de Wardour, tratándose de beldades de diez años de antigüedad, es de suponer que, habiendo tenido ya su buena ración de tales vanidades, estaban dispuestas a retirar su pretensión para dar una oportunidad justa a las nuevas beldades de la época.

Al fin el campeón se detuvo bajo el balcón en el que se encontraba la dama Rowena, y la expectación de los espectadores llegó al límite.

Debe confesarse que, si el interés demostrado en su triunfo hubiera podido sobornar al Caballero Desheredado, la sección de la liza ante la cual se detuvo se habría ganado su predilección.

Cedric el Sajón, loco de alegría por la derrota del Templario y más aún por el fracaso de sus dos malvados vecinos, Front-de-Boeuf y Malvoisin, había permanecido con medio cuerpo asomado por el balcón, siguiendo al vencedor en cada carrera no solo con la mirada, sino con toda su alma y corazón.

La dama Rowena había seguido el desarrollo de la jornada con igual atención, aunque sin traicionar tan abiertamente el mismo intenso interés.

Hasta el impasible Athelstane había mostrado indicios de sacudirse la apatía cuando, pidiendo un enorme cáliz de vino de moscatel, lo apuró a la salud del Caballero Desheredado.

Otro grupo, situado bajo la tribuna ocupada por los sajones, no había mostrado menor interés por el sino de la jornada.

—¡Padre Abraham! —dijo Isaac de York, cuando se corrió la primera carrera entre el Templario y el Desheredado—, ¡con qué fiereza cabalga

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