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XLIV

tarea de arrastrar hacia él a un par reacio, tirando de uno con cada mano. Hizo, sin embargo, un último y vigoroso ataque contra Athelstane, y halló a aquel resucitado retoño de la realeza sajona ocupado, como los hidalgos rurales de nuestros propios días, en una furiosa guerra con

Parece que, después de todas sus mortales amenazas contra el abad de San Edmundo, el espíritu de venganza de Athelstane —entre la natural e indolente bondad de su carácter y las súplicas de su madre Edith, apegada, como la mayoría de las damas (de la época), a la orden clerical— había desembocado en mantener al abad y a sus monjes en los calabozos de Coningsburgh durante tres días con una dieta austera.

Por esta atrocidad, el abad lo amenazó con la excomunión y redactó una terrible lista de padecimientos en las entrañas y el estómago, sufridos por él mismo y sus monjes, a consecuencia del tiránico e injusto encarcelamiento que habían padecido.

Con esta controversia, y con los medios que había adoptado para contrarrestar dicha persecución clerical, Cedric encontró la mente de su amigo Athelstane tan plenamente ocupada que no le quedaba espacio para ninguna otra idea. Y cuando se mencionó el nombre de Rowena, el noble Athelstane suplicó permiso para apurar una copa entera a su salud y para que pronto fuera la esposa de su pariente Wilfred.

Era, por lo tanto, un caso desesperado. Evidentemente, no se podía sacar nada más de Athelstane; o, como expresó Wamba en una frase que ha descendido desde los tiempos sajones hasta los nuestros, era un gallo que no quería pelear.

Quedaban entre Cedric y la decisión a la que los amantes deseaban llegar tan solo dos obstáculos: su propia terquedad y su aversión a la dinastía normanda. El primero de estos sentimientos fue cediendo gradualmente ante las caricias de su pupila y el orgullo que no podía evitar albergar por la fama de su hijo. Además, no era insensible al honor de emparentar su

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