condiciones, todos los países y épocas; y se sigue, como algo natural, que las opiniones, los hábitos de pensamiento y las acciones, por muy influenciados que estén por el estado peculiar de la sociedad, deben aún, en conjunto, guardar un fuerte parecido entre sí. Nuestros antepasados no eran más distintos de nosotros, sin duda, de lo que los judíos lo son de los cristianos; tenían «ojos, manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones»; eran «alimentados con la misma comida, heridos con las mismas armas, sujetos a las mismas enfermedades, calentados y enfriados por el mismo invierno y el mismo verano», que nosotros. El tenor, por lo tanto, de sus afectos y sentimientos, debe de haber guardado la misma proporción general con los nuestros.
Se sigue, por lo tanto, que de los materiales que un autor ha de emplear en una novela u obra de ficción, como la que me he atrevido a intentar, hallará que una gran proporción, tanto del lenguaje como de las costumbres, es tan propia del tiempo presente como de aquellos en los que ha situado su acción. La libertad de elección que esto le concede es, por consiguiente, mucho mayor, y la dificultad de su tarea mucho más disminuida, de lo que a primera vista parece.
Para tomar una ilustración de un arte hermano, puede decirse que los detalles de los anticuarios representan los rasgos peculiares de un paisaje bajo el trazo del lápiz.
Su torre feudal debe alzarse con la debida majestad; las figuras que introduce deben tener el traje y el carácter de su época; la obra debe representar los rasgos peculiares de la escena que ha elegido para su tema, con toda su elevación apropiada de roca o su precipitado descenso de catarata.
Su colorido general, también, debe ser copiado de la Naturaleza: El cielo debe estar nublado o sereno, según el clima, y los tintes generales deben ser aquellos que predominan en un paisaje natural.