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II. El Monje

cofia de malla del jinete, junto con una larga espada de dos manos, usada por la caballería de la época. Un segundo escudero sostenía en alto la lanza de su amo, de cuyo extremo ondeaba una pequeña banderola o gallardete, que llevaba una cruz de la misma forma que la bordada en su capa. También llevaba su pequeño escudo triangular, lo suficientemente ancho en la parte superior como para proteger el pecho, y desde allí disminuyendo hasta terminar en punta. Estaba cubierto con una tela escarlata, lo que impedía ver el emblema.

A estos dos escuderos les seguían dos servidores, cuyos oscuros rostros, blancos turbantes y la forma oriental de sus vestimentas demostraban que eran naturales de algún país lejano de Oriente.

El aspecto general de este guerrero y de su séquito era salvaje y estrafalario; las vestiduras de sus escuderos eran suntuosas, y sus servidores orientales llevaban collares de plata al cuello y brazaletes del mismo metal en sus brazos y piernas atezados, los primeros descubiertos desde el codo, y las segundas desde la mitad de la pantorrilla hasta el tobillo. La seda y los bordados distinguían sus ropas y denotaban la riqueza y la importancia de su amo, ofreciendo al mismo tiempo un contraste llamativo con la sencillez marcial de su propia indumentaria. Iban armados con cimitarras corvas, con la empuñadura y el tahalí incrustados de oro, y acompañados de puñales turcos de hechura aún más costosa. Cada uno de ellos llevaba en el arzón de la silla un haz de dardos o jabalinas, de unas cuatro pasadas de largo, con puntas de acero afiladas, un arma muy usada entre los sarracenos y cuyo recuerdo aún se conserva en el ejercicio marcial llamado El Jerrid, que todavía se practica en los países orientales.

Los bridones de estos servidores eran en su apariencia tan extranjeros como sus jinetes. Eran de origen sarraceno y, por consiguiente, de

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