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XII. El torneo

Al instante este caballero pareció arrojar de sí su apatía al descubrir al jefe de su bando en tan apurado trance; pues, clavando espuelas en su caballo, que estaba completamente fresco, acudió en su auxilio como un rayo, exclamando con voz semejante a un toque de clarín: «¡Desdichado, al rescate!».

Ya era hora; pues, mientras el Caballero Desheredado acosaba al Templario, Front-de-Boeuf se le habíá acercado con la espada en alto; mas antes de que el golpe pudiera descender, el Caballero Negro le propinó un tajo en la cabeza que, resbalando sobre el pulido yelmo, cayó con fuerza apenas disminuida sobre el pretal del corcel, y Front-de-Boeuf rodó por los suelos, caballo y jinete igualmente aturdidos por la furia del golpe.

El Negro Perezoso volvió entonces su caballo hacia Athelstane de Coningsburgh; y habiéndosele roto la propia espada en su encuentro con Front-de-Bœuf, arrancó de la mano del corpulento sajón el hacha de combate que este empuñaba y, como alguien familiarizado con el uso del arma, le propinó tal golpe en el yelmo, que Athelstane también quedó sin sentido sobre el campo.

Habiendo logrado esta doble hazaña, por la cual fue tanto más aclamado cuanto que era totalmente inesperado en él, el caballero pareció recobrar la pereza de su carácter, volviendo tranquilamente al extremo norte de las listas, y dejando a su jefe que se las arreglara como mejor pudiera con Brian de Bois-Guilbert.

Esto ya no era una cuestión de tanta dificultad como antes. El caballo del Templario había perdido mucha sangre y cedió bajo el impacto de la carga del Caballero Desheredado. Brian de Bois-Guilbert rodó por el campo, enredado en el estribo, del cual no podía sacar el pie. Su antagonista saltó del caballo, agitó su fatal espada sobre la cabeza de su adversario y le ordenó que se rindiera; cuando el Príncipe Juan, más

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