Agitado por estos pensamientos, solo pudo rogar a la desafortunada Rowena que se consolara, y asegurarle que todavía no tenía motivos para el exceso de desesperación al que ahora se entregaba.
Pero en esta tarea de consolación, De Bracy fue interrumpido por el cuerno, «de ronco soplo, lejano y agudo», que al mismo tiempo había alarmado a los demás moradores del castillo e interrumpido sus diversos planes de avaricia y de libertinaje.
De todos ellos, tal vez, De Bracy fue quien menos lamentó la interrupción; pues su conversación con lady Rowena había llegado a un punto en el que le resultaba igualmente difícil proseguir o abandonar su empresa.
Y aquí no podemos menos que considerar necesario ofrecer alguna prueba mejor que los incidentes de un cuento ocioso, para vindicar la melancólica representación de costumbres que acaba de exponerse ante el lector.
Es penoso pensar que aquellos valientes barones, a cuya resistencia frente a la corona debieron su existencia las libertades de Inglaterra, hubieran sido ellos mismos unos opresores tan temibles, y capaces de excesos contrarios no solo a las leyes de Inglaterra, sino a las de la naturaleza y la humanidad.
¡Pero ay!, solo tenemos que extraer del laborioso Henry uno de esos numerosos pasajes que ha recopilado de los historiadores contemporáneos, para demostrar que la ficción misma difícilmente puede alcanzar la oscura realidad de los horores de la época.
La descripción dada por el autor de la Crónica sajona de las crueldades ejercidas en el reinado del rey Esteban por los grandes barones y señores