—¡Mano a mano, jamás! —dijo Bois-Guilbert—. ¡Pero date prisa, en nombre de Dios!
De Bracy reunió apresuradamente a sus hombres y se precipitó hacia la puerta postiga, que ordenó abrir al instante. Pero apenas se hubo hecho esto, cuando la portentosa fuerza del Caballero Negro se abrió paso hacia el interior a pesar de De Bracy y sus seguidores. Dos de los que iban al frente cayeron en el acto, y el resto cedió a pesar de todos los esfuerzos de su líder por detenerlos.
—¡Perros! —dijo De Bracy—, ¿vais a dejar que dos hombres ganen nuestro único paso hacia la salvación?
—¡Es el demonio! —dijo un veterano hombre de armas, retrocediendo ante los golpes de su negro antagonista.
—Y si es el demonio —replicó De Bracy—, ¿huiríais de él para arrojaros a las fauces del infierno? ¡El castillo arde a nuestras espaldas, bellacos! ¡Que la desesperación os dé valor, o dejadme pasar! ¡Me enfrentaré a este campeón yo mismo!
Y bien y caballerosamente mantuvo De Bracy aquel día la fama que había adquirido en las guerras civiles de aquel terrible periodo.
El pasadizo abovedado al que daba entrada el postigo, y en el que estos dos redomados campeones luchaban ahora mano a mano, resonaba con los furiosos golpes que se inferían mutuamente, De Bracy con su espada, el Caballero Negro con su pesado hacha.
Por fin el normando recibió un golpe que, aunque su fuerza fue en parte parada por su escudo, pues de otro modo jamás volviera De Bracy a mover miembro alguno, cayó sin embargo con tal violencia sobre su cimera, que midió su longitud sobre el suelo pavimentado.
«Ríndete, De Bracy», dijo el Campeón Negro, inclinándose sobre él y sosteniendo contra los barrotes de su yelmo el puñal fatal con el que los