—Ay, pero sostenía su espada en la mano izquierda, y por lo tanto apuntaba con ella a través de su cuerpo —dijo el Templario.
Cada uno mantuvo su opinión con la suficiente obstinacia, como es habitual en todos estos casos; se recurrió a los sirvientes, pero no habían estado lo suficientemente cerca como para oír las indicaciones de Wamba. Al fin, Brian advirtió lo que al principio se le había escapado en la penumbra:
«Aquí hay alguien, ya dormido, ya muerto, al pie de esta cruz; Hugo, muévelo con el cuento de tu lanza».
Apenas hecho esto, la figura se incorporó exclamando en buen francés: «Quienquiera que seas, es una descortesía por tu parte perturbar mis pensamientos».
—Tan solo deseábamos preguntaros —dijo el Prior— el camino hacia Rotherwood, la morada de Cedric el Sajón.
—Yo mismo me dirijo hacia allí —respondió el desconocido—; y si tuviera caballo, le serviría de guía, pues el camino es algo enrevesado, aunque me es perfectamente conocido.
—Tendrás tanto agradecimiento como recompensa, amigo mío —dijo el Prior—, si nos conduces a la casa de Cedric sanos y salvos.
Y mandó que uno de sus criados montase su propio caballo de repuesto y le diese aquel en el que él había cabalgado hasta entonces al desconocido, el cual había de servir de guía.
Su guía tomó un camino opuesto al que Wamba les había aconsejado, con el propósito de desorientarlos. El sendero no tardó en adentrarse más en el bosque y cruzó más de un arroyo, cuya aproximación se volvía peligrosa por los pantanos a través de