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XXVII

—En nombre de san Benito, príncipe de estos bribones —dijo Front-de-Boeuf—, ¿tenemos esta vez a un verdadero monje o a otro impostor? Registradle, esclavos; porque si permitís que os endilguen un segundo impostor, haré que os arranquen los ojos y os pongan carbones ardientes en las cuencas.

—Soportaré el rigor de vuestra cólera, mi señor —dijo Giles—, si este no es un fraile de verdad. vuestro escudero Jocelyn lo conoce bien y atestiguará que se trata del hermano Ambrosio, un monje al servicio del prior de Jorvaulx.

—Hacedlo entrar —dijo Front-de-Boeuf—; lo más probable es que nos traiga noticias de su jovial amo. Sin duda el diablo está de fiesta y los sacerdotes han sido relevados de sus obligaciones, para que anden así vagando desaforadamente por los campos. Llevaos a estos prisioneros; y tú, sajón, medita en lo que has oído.

“Reclamo”, dijo Athelstane, “un encarcelamiento honorable, con el debido cuidado de mi mesa y de mi lecho, como corresponde a mi rango y a quien está en tratos para su rescate. Además, considero que aquel de vosotros que se tenga por el mejor está obligado a responderme con su cuerpo por esta agresión a mi libertad. Este desafío ya te ha sido enviado por tu maestresalas; estás sujeto a él y obligado a responderme⁠—Ahí queda mi guante”.

—No respondo al desafío de mi prisionero —dijo Front-de-Boeuf—; ni tú lo harás, Maurice de Bracy.⁠—Giles —continuó—, cuelga el guante del franklin en la punta de aquella cornamenta ramificada: allí permanecerá hasta que sea un hombre libre. Si entonces osara reclamarlo, o afirmar que fue hecho mi prisionero ilegalmente, ¡por el cinto de San Cristóbal, le hablará a quien jamás ha rechazado enfrentarse a un enemigo a pie o a caballo, a solas o con sus vasallos a la espalda!

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