había provocado. Por fin, con un estruendo terrible, todo el torreón se vino abajo y ella pereció entre las llamas que habían consumido a su tirano. Una pausa imponente de horror silenció todo murmullo de los espectadores armados, quienes, durante el espacio de varios minutos, no movieron un solo dedo, salvo para hacerse la señal de la cruz. Se oyó entonces la voz de Locksley: «¡gritad, hombres libres!; ¡la guarida de los tiranos ya no existe! Que cada cual lleve su botín a nuestro lugar de encuentro elegido en el Árbol de la cita, en el camino de Harthill; pues allí, al romper el alba, haremos un reparto justo entre nuestras propias bandas y nuestros dignos aliados en esta gran gesta de venganza».
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XXXI
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