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XXVIII

—No —dijo Rebeca—, tu debilidad y tu dolor, señor caballero, te hacen calcular mal los propósitos del Cielo. Has sido restituido a tu patria cuando más necesitaba el auxilio de una mano firme y un corazón leal, y has humillado el orgullo de tus enemigos y los de tu rey cuando su poder estaba en su apogeo; y por el mal que has sufrido, ¿no ves que el Cielo te ha suscitado un ayudante y un médico, incluso entre los más despreciados de la tierra? —Por tanto, cobra ánimo y confía en que has sido preservado para alguna gesta que tu brazo obrará ante este pueblo. Adiós, y habiendo tomado la medicina que te enviaré por mano de Rubén, disponte de nuevo al descanso, para que así puedas sobrellevar mejor el viaje al día siguiente.

Ivanhoe se dejó convencer por los razonamientos de Rebeca y obedeció sus indicaciones. La pócima que Rubén le había administrado era de naturaleza sedante y narcótica, y le proporcionó al enfermo un sueño profundo y tranquilo. A la mañana siguiente, su amable médica lo encontró completamente

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