ascendencia árabe; y sus finos y esbeltos miembros, pequeños nudos, crines delgadas y fácil y elástico andar formaban un marcado contraste con los caballos de grandes articulaciones y pesado cuerpo, cuya raza se cultivaba en Flandes y en Normandía para montar a los hombres de armas de la época con toda la armadura de placas y cota de malla; y que, colocados al lado de aquellos corceles orientales, habrían podido pasar por la personificación de la sustancia y de la sombra.
La singular apariencia de esta cabalgata no solo atrajo la curiosidad de Wamba, sino que despertó también la de su menos volátil compañero.
Al monge lo reconoció al instante como el Prior de la Abadía de Jorvaulx, bien conocido a muchas millas a la redonda como amante de la caza, de los banquetes y, si la fama no le faltaba al verdad, de otros placeres mundanos aún más incompatibles con sus votos monásticos.
Tan laxas eran entonces las ideas respecto a la conducta del clero, tanto secular como regular, que el prior Aymer conservaba una buena reputación en las inmediaciones de su abadía.
Su carácter libre y jovial, y la presteza con que concedía la absolución por todas las faltas ordinarias, lo hacían muy popular entre la nobleza y la principal hidalguía, con varios de cuyos miembros estaba emparentado por nacimiento, al pertenecer a una distinguida familia normanda.
Las damas, en particular, no se mostraban dispuestas a examinar con demasiada severidad la moral de un hombre que se declaraba admirador de su sexo y que poseía numerosos medios para disipar el tedio que tan a menudo solía colarse en los salones y recámaras de un antiguo castillo feudal.
El Prior participaba en los deportes del campo con más entusiasmo del debido, y se le reconocía por poseer los halcones mejor adiestrados y los galgos más veloces del North Riding; circunstancias que le recomendaban fuertemente ante la joven hidalguía.